Desde 2001 trabaja en la institución “por el cuidado de los niños del Catatumbo”.
Maestra que también fue víctima salva niños del abuso sexual

“Recuerdo el caso de una chiquita de 6 años, que fue abusada sexualmente por su padrastro y que al final, su madre, decide quedarse con el agresor y no con su hija”.
Casos como este son los que le “desagarran el alma” a Astrid López, docente del colegio La Salle sede Santa Clara (Ocaña), quien desde 2001 trabaja en la institución “por el cuidado de los niños del Catatumbo” víctimas de la guerra, abusos, violaciones, matoneo escolar y maltrato.
Su pasión por ayudar a los niños comenzó cuando trabajó como docente en barrios y veredas abandonados por el Estado, en zonas con presencia de grupos armados.
“Es muy duro que los niños, después de charlas o talleres, se acerquen para decirme con lágrimas en sus ojos, ‘de mí también han abusado y también me violaron’”, enfatiza con voz casi inaudible.
Por ellos, nada ha sido impedimento para luchar contra “tanta maldad”, ser “protectora de la niñez y capellán de los derechos humanos”.
“Esta es mi misión de vida”, afirma con orgullo, esta mujer que también fue víctima de abuso sexual por parte de una mujer que la cuidaba, en lo que cataloga como el episodio “más amargo y difícil” de su infancia, que ha podido superar en familia, con estudio, y ayudando a otros niños.
La experiencia adquirida le ayudó a conocer los dramas diarios del Catatumbo, y pese a ser una zona “difícil” logró que docentes como Nubia Guerrero, una colega que desconocía el manejo de los casos, pero luego “se volvió una ducha”, así como otros profesionales se unieran a ella en la misión, que deja varios resultados.
Uno de ellos, el libro: Las huellas que opacan la inocencia de tu niñez, en el que presentó situaciones y experiencias negativas de la infancia, así como la superación de dichas situaciones, y que afirma haber escrito “con las entrañas”.
Luego, en 2012, una lluvia de ideas con su grupo de trabajo la llevó a crear un software con estudiantes de la Universidad Francisco de Paula Santander, que permitía a los niños hacer preguntas en temas de educación sexual, reproductiva y convivencia.
Las consultas eran analizadas por un grupo de especialistas, encargados de dar las respuestas y orientación de manera discreta.
La iniciativa le valió su primer premio, por parte del ministerio de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (Mintic) en 2014.
En 2016, la Fundación Sura llegó a apoyar los procesos que se llevaban a cabo en la institución con el proyecto Félix y Susana (felices y sanos), que buscaba fortalecer el bienestar de los niños.
Su labor fue reconocida con el premio Colombia 2020 (de El Espectador), por el trabajo desarrollado en la protección infantil, con el lema: Me quiero, me cuido, me valoro y respeto a los demás.
Para López, la felicidad es realidad cuando ve a sus pequeños irradiando alegría a través de sus sonrisas.
Resalta que los maestros del colegio La Salle, la Ufps y las alianzas que se han consolidado con entidades como la Fundación Sura, han sido clave para el éxito de este trabajo “que dejan frutos valiosos para los niños que son el futuro de este mundo”.
Han sido más de 14 años “de lucha, entrega, amor, dolor, felicidad, tristeza y de valor intacto por hacer de los niños del Catatumbo niños plenos, felices, que se conocen, se cuidan y que viven su infancia al máximo”.
“Mi profesión y mis niños son mi sinónimo de felicidad”, asegura.
A la manera en que el poeta Mario Bendetti afirma que derrama versos de amor por la vida, y siempre estaba, está y estará con sus “niños”, que son su razón de ser.
Espera ayuda
Aunque cuando comenzó su trabajo era ella misma la encargada de redactar y gestionar los proyectos que desarrollaba con los niños, e intentaba tocar las puertas de las entidades oficiales, las respuestas de acompañamiento todavía no han llegado, pese a la incidencia de estas situaciones.
Junto con Zoila Rosa Arévalo Hernández, abogada vinculada con el Caivas (Centro de Atención a Víctimas de Abuso Sexual de Ocaña), López espera que el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, la Gobernación y la Alcaldía apoyen los procesos que se realizan con los niños del Catatumbo que, sin distinción de origen son víctimas de diferentes tipos de maltrato.
También, anhelan que se reciba más respaldo al Caivas, con el objetivo de mejorar las condiciones de atención de estos casos que siguen manteniéndose en un dramático silencio.
“Para ayudar a los niños no se necesitan millonarios, sino aportar voluntad y tiempo”, señaló la docente.
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