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Miércoles, 13 Febrero 2013 - 7:28am

‘El mocho’ le pedalea al rebusque

jairo.navarro@laopinion.com.co
La lucha contra el contrabando en la frontera colombo-venezolana tiene tanta historia como los barrios que rodean el paso entre ambos países.
/ Foto: jairo.navarro@laopinion.com.co
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La lucha contra el contrabando en la frontera colombo-venezolana  tiene tanta historia como los barrios que rodean el paso entre ambos países. Y es que allí, a pocos metros de pisar tierras bolivarianas, converge día a día  el rebusque de miles de familias que aprovechan su ubicación, para aplicar una vieja pero eficaz teoría: comprar barato para vender caro.

Desde la segunda etapa del barrio Alfonso López, donde hace unos años el caudal del río Táchira sepultó decenas de viviendas, sale José Amadeo García, bien temprano por la mañana, a bordo de una vieja bicicleta azul que, con una sola pierna, pedalea desde que tiene siete años.

Los vecinos del sector ya no se sorprenden al ver el tesón de este cucuteño cada mañana cuando sale en busca de clientes. Sin embargo, al llegar a la Autopista Internacional se convierte en el centro de las miradas de los turistas que van y vienen.

José, como muchas familias de los barrios de frontera, vive de vender la mercancía que compra más barata en Venezuela.

Bolsas de jabón, harina, leche en polvo, mayonesa y cajas de cerveza sujeta con tiras de caucho a una base apoyada sobre la silla trasera de la bicicleta, armada con tablas y cartón.

No necesita ayuda de nadie. Apoyando la muleta en el andén, como haciendo palanca, utiliza sus dos brazos para asegurar la carga en la cicla. Sin titubeos se encarama y comienza a pedalear.

Mientras maniobra su bicicleta se enreda en uno de sus brazos una muleta de madera que lo acompaña casi como su sombra.

Basta mirarlo para darse cuenta el doble esfuerzo que debe emplear José Amadeo para impulsar su bicicleta. No obstante, sin perder ritmo y a la misma velocidad de sus colegas, hace cinco o seis viajes al vecino municipio de San Antonio.

Tiene 39 años y conduce su rústica bicicleta desde que perdió la pierna derecha, cuando tenía 6 años. “Empezó con un dolor en la rodilla, cada vez más fuerte. Pensamos que se había golpeado y lo mandamos a sobar. El problema siguió y empezaron a salirle unas heridas, como quemaduras, en las piernas. Lo internamos en la clínica y nos dijeron que tenía que cortarle la pierna”, sostuvo su madre, María Agudelo.

Su discapacidad, antes que opacarlo, lo impulsó a trabajar desde niño, además de las apremiantes necesidades de su familia.

José Amadeo, o ‘el mocho’, como lo conocen en el barrio, ha trabajado desde pequeño en la frontera, cuando vendía mandarinas asomándose a las ventanillas de los carros que entraban y salían de Venezuela.

“Con una mano sostenía una bolsita con mandarinas y con la otra la muleta”, repasa su mamá.

Recuerda como los carros se detenían a preguntarle por el accidente en su pierna, algunos manifestaban admiración por el ahínco que le imprimía a su trabajo.

Como las grandes empresas de transporte terrestre de mercancías, José Amadeo registra cuantiosas pérdidas cuando el clima azota con sus lluvias prolongadas, pues las trochas por las que cuidadosamente se desplaza todos los días se convierten en peligrosas trampas de lodo.

Es entonces, cuando aparecen los días lluviosos, que se dedica a atender una pequeña caseta en La Parada, en pleno paso fronterizo, que ha surtido con víveres y los artículos de la canasta básica más solicitados por los colombianos.

Generalmente transporta cerveza, uno de los productos más buscados en la frontera por los compradores cucuteños. Por cada ‘mandado’ cobra entre $2500 y $3000, dependiendo del peso de la carga.

Los más de veinte años que se ha dedicado a transportar mercancía en su bicicleta le han valido, como él mismo lo llama, “el respeto de los guardias”.

“Tuve un problema, hace muchos años, con un guardia que me quitó una canasta de cerveza y me reventó las botellas. Un superior lo regañó y lo hizo pagarme las cervezas”, cuenta Amadeo García, y asegura que desde entonces no ha tenido problemas.

Los altos índices de informalidad que actualmente registra Cúcuta derivan en gran parte, de las actividades ilegales que se generan en la frontera.

José Amadeo García, como el resto de trabajadores informales, ha visto mermados sus ingresos los últimos años, motivo que lo ha llevado a mezclar su trabajo con la reparación de bicicletas, otro ejercicio en el que se ha especializado.

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