Connotaciones especiales por razón de estar enmarcada en un lugar geoestratégico y ser frontera con Venezuela.
Tibú es víctima de su propia violencia cultural

Está llena de gente noble y trabajadora, tiene paisajes únicos, es rica en vegetación y fauna y grandes yacimientos petroleros y minerales que han sido explotados desde hace largo tiempo y ha visto cómo su materia prima es llevada al extranjero para su procesamiento.
Pero, y esto es clave, Catatumbo es una región geopolíticamente estratégica de mucha importancia, que ha sido protagonista de muchos años de historia.
Tiene en Tibú un municipio con una diversidad cultural expresada en cada zona de su geografía, con gente llegada de todo el país, que hizo de esta su tierra adoptiva, cordial y prospera.
Sin embargo, hay una realidad inocultable: el conflicto armado, liderado por guerrilleros, paramilitares y otros grupos armados ilegales, todo unido al narcotráfico y al terrorismo, llevaron a estigmatizar como zona de muy alto riesgo a Catatumbo y a Tibú, y a desconfiar de su población civil.
El mismo presidente de la República, Juan Manuel Santos, la comparó con el Bronx de Bogotá, la zona más peligrosa y marginal de Colombia. Por fortuna, y obligado por la realidad, rectificó.
Pero la idea inicial de Santos persiste en la mente de muchos, debido a situaciones sociales y culturales que siguen opacando a la región.
Dentro de este contexto, la investigación ‘Los conflictos culturales en Colombia: caso de Tibú’, busca acercarse a la realidad de la composición del municipio, territorio de condiciones particulares naturales cargado de riquezas escondidas.
Para ojos codiciosos, esta riqueza ha significado violencia y muerte, pero otros, la inmensa mayoría, la han soñado como zona de prosperidad, con una cultura de paz y con la construcción de un nuevo modelo de tejido social.
En una sociedad como la del Catatumbo, la violencia cultural tiene connotaciones especiales, por razón de estar enmarcada en un lugar geoestratégico y ser frontera con Venezuela.
Esa violencia tiene características propias del entorno social y cultural, en el que la comunidad asume parte de los conflictos y situaciones que los mismos habitantes crean al establecer nuevos roles de cambio y costumbres dentro de la familia.
No hay que olvidar que toda cultura es conflictiva por esencia, porque sus miembros son seres humanos, cargados de intereses, lo que lleva a enfrentamientos, porque las conductas pueden ser modificadas y cambiadas en cualquier momento.
La génesis de la violencia
La dinámica de los conflictos culturales se propaga en torno a los hechos de la misma cultura donde se originan los problemas.
Los conflictos culturales adquieren una nueva dimensión al enriquecer la cultura con sus nuevas formas de gestionar y regular los conflictos. La dimensión socio–cultural, que abarca los problemas culturales, tiene gran impacto en la sociedad donde se originan los hechos.
En concordancia con el estudio se determinó que hay violencia, y que 80 por ciento de los datos sobre esa violencia los confirma la misma comunidad.
El estudio permitió descubrir en los contextos sociales algunas equivocaciones que conllevan la generación del conflicto o la manifestación de la violencia cultural.
Los habitantes buscan nuevos paradigmas, alternativas para prevenir y no repetir su historia de dolor por múltiples factores, intereses económicos, entre otros, con la complicidad de políticos y la fuerza pública del momento.
En consecuencia, en gran parte de los territorios y pueblos explotadores de petróleo la historia es bastante común: gran inversión de capitales, rápida transformación del entorno, dependencia de la gente de empresas esclavistas con sentido paternalista y promiscuidad humana, sin verdaderos procesos vinculantes de familia, lo que impide un adecuado y libre desarrollo.
Esta manera de ser y de vivir, sin identidad propia, estructura en personas y familias una mentalidad rebelde al cambio cuando las multinacionales hacen ajustes y reestructuraciones y afectan la estabilidad generada por el paternalismo y el facilismo de aquellos largos años en los que todo se recibía como regalo o se adquiría a precios muy bajos.
Además, se puede decir que la alteración permanente de situaciones sociales de modelos económicos llegados a la región —la bonanza de los cultivos ilícitos, por ejemplo—, generan enormes ganancias y millonarias inversiones y dejan entrever una situación de caos y opresión social que ninguna comunidad puede resistir, convirtiéndose en causante de nuevos niveles de violencia cultural.
Se constató, además, que los problemas sociales son muy grandes y sus consecuencias son la incapacidad del Estado y de las instituciones locales para actuar.
Son pocas las acciones emprendidas para detener la violencia y sus acciones, siendo la población civil la que ha tenido que soportar, en mayor grado, las agresiones de ambos bandos: del Estado, abandono y desidia, y de los grupos irregulares, atropello y humillación
Esto hace que la desconfianza, la desesperación y otros sentimientos negativos nazcan y se enraícen entre la población desasistida, principal víctima de esa violencia cultural.
Los habitantes sostienen que la constante marginación, la pobreza y la estrechez económica son las razones fundamentales por las que continúa el crecimiento de la violencia cultural, cambiando el curso de la historia, porque ya no son los grupos armados los generadores de violencia, ni son el problema fundamental, sino que es consecuencia de otras situaciones.
Este ambiente deja entrever cómo la violencia no puede desaparecer fácilmente, sino que en cambio, cada día se arraiga más en la comunidad y el conflicto toma otros horizontes, motivado por diversos generadores de violencia.
La violencia cultural ha abarcado todos los ámbitos sociales de la población colombiana, llegando a los máximos niveles de miseria y marginación estatal en todos sus componentes e incidiendo en la violación de derechos. La violencia cultural está causando más sufrimiento, por insertarse de modo silencioso en la comunidad y, a la vez, las familias la siguen alimentando con sus modos y estilos de vida violentos.
Para los habitantes, atemorizados por un mundo confuso y rodeado de violencia cultural, sólo hay como alternativa una cultura de paz, una educación para la paz, procesos de paz sostenible y justicia social.
Pero esto también está lejano. En el horizonte no se vislumbra que sea pronto, por múltiples factores e intereses políticos. La construcción de la paz supone un proceso muy frágil, que debe hacerse lentamente, para generar un cambio de mentalidad personal y colectivo, donde los líderes sociales sean los pioneros del proceso.
Jesús María Ortega Ortega | Doctor en Paz, Conflicto y Democracia, Universidad de Granada.
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