En la casa de apoyo hay unos 60 exmilitares mexicanos que fueron expulsados.
Tras luchar por EEUU, veteranos mexicanos son deportados

“Sentí que me dio la espalda el país por el cual estuve dispuesto a dar la vida”, dice Iván Ocon, quien tras luchar por Estados Unidos en la guerra de Irak fue deportado a México, como cientos de otros veteranos, tras cometer un delito.
Ocon, de 39 años, es uno de los 20 hombres que se reúnen en la Casa de Apoyo a Veteranos Deportados, un centro de ayuda abierto hace un mes en la mexicana Ciudad Juárez, en la frontera con Estados Unidos, e inaugurado oficialmente el sábado.
Sin más recursos que donaciones de voluntarios, entre ellos soldados en activo en la vecina localidad estadounidense de El Paso, el centro se ubica en casa de uno de ellos, José Francisco López Moreno, de 72 años, que sirvió en Vietnam.
Establecido en Juárez desde 2004, Francisco -Panchito para los amigos- y su familia ofrecen aquí comida, ropa, artículos de aseo e incluso alojamiento temporal a veteranos deportados.
También les orientan sobre cómo reclamar una pensión al ejército estadounidense: “nos ayudan abogados en California”, explica.
‘Era mi país’
A los 7 años, Ocon llegó con su familia a El Paso, donde obtuvieron el permiso de residencia. En 1997, con 19 años, se enroló.
“Me enlisté porque me crié allá, yo quería defender al que en ese momento era mi país”, explica.
Como muchos migrantes legales creyó erróneamente que entrar en el ejército le proporcionaría la nacionalidad estadounidense de forma rápida y fácil.
“Les comenté que era de origen mexicano y me dijeron que no había problema, que una vez dentro podrían ayudarme para ser ciudadano, pero eso no fue mi principal motor, yo realmente me sentía estadounidense”, asegura.
Fue enviado a Hawái para especializarse en rescates desde helicópteros y a Corea del Sur a entrenamientos de telecomunicaciones.
Después, “me tocó partir a Jordania, en la frontera con Irak, en el 2003, unos meses antes de que estallara la guerra”, recuerda.
Destacado en Ammán, protegía la ciudad de una eventual entrada de fuerzas iraquíes.
“Ahí puse en riesgo mi vida varias veces”, asegura. Un día “íbamos en caravana realizando un patrullaje en un vehículo Humbee cuando una camioneta civil trató de chocarnos por el lado en el que iba yo”, explica.
De regreso a El Paso, se vio involucrado indirectamente en un secuestro por el que en 2006 fue condenado a 10 años de cárcel.
A su salida y sin haber obtenido la nacionalidad, en febrero de 2016 fue deportado, dejando en Estados Unidos a su mujer y sus hijos.
“Tuve un error”, reconoce, “pero no les importó mis medallas, mis reconocimientos” para expulsarme del país. “Me sentí traicionado”, asegura.
Secuelas psicológicas
Según la ONG estadounidense de defensa de los derechos civiles ACLU, no existen cifras oficiales de veteranos de guerra expulsados de Estados Unidos, pero se han contabilizado unos 300, en su mayoría deportados tras el endurecimiento de la legislación en la década de los 1990.
La casa de apoyo a veteranos deportados es una iniciativa que se originó hace años en Tijuana (noroeste), donde hay unos 60 exmilitares mexicanos que fueron expulsados por cometer delitos castigados con más de un año de cárcel.
Inspirándose en ella creó la suya Panchito, quien de 1967 a 1968 estuvo destacado en la base estadounidense de Gia Nghia, en Vietnam.
Cuenta que lo habían reclutado en un servicio militar entonces obligatorio, pese a que no hablaba una palabra de inglés.
“Me prometieron arreglar la ciudadanía al regresar”, dice amargamente.
En Gia Nghia brindaba protección a almacenes de combustible.
Estaban constantemente bajo el fuego del Viet Cong, asegura, recordando la muerte en combate de su compañero Ramiro Alanis, también mexicano.
“Estuve muy cerca de morir”, explica. Tras cavar túneles bajo la base, los vietnamitas “pusieron explosivos debajo de los contenedores de gasolina y los detonaron”.
Como muchos soldados, regresó a Estados Unidos con secuelas psicológicas, estrés postraumático.
“Yo no venía bien de mi cabeza y me calmaba con cocaína”, admite.
Lo detuvieron comprando droga, lo encarcelaron y lo acabaron deportando: “no podía creer lo que me estaban haciendo, pensaba que era una pesadilla”.
Por eso ahora, intenta ayudar a quienes se encuentran en su misma situación.
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