El triunfo estaba cantado. Ya se sabía que el cucuteño ganaría en Venezuela. Y cuando digo cucuteño, no quiero decir que Maduro hubiera nacido en Cúcuta, sino que aquí se crió, aquí lo destetaron, aquí fue a la escuela, aquí aprendió a leer ma-me-mi-mo-mu (y los compañeros respondían más sabe el burro que tú), aquí, en las calles de Carora, jugó al trompo y a la metra y al runcho, y aquí tuvo la primera noviecita por los lados del Callejón. En fin.
¿Ve, no se los dije?

Uno no es de donde nace, sino de donde se hace, decían los abuelos. Yo, por ejemplo, no nací en Las Mercedes, pero me considero mercedeño. Cicerón Flórez, otro ejemplo, nació en Condoto, pero se considera cucuteño. Y así mucha gente.
Yo no sé si Nicolás dirá en las entrevistas que su infancia estuvo vinculada a Cúcuta, que en las tardes se largaba al río a desprenderse de los calores, y que los domingos se iba a Cristo Rey a echar cometas. O, acaso, se avergüence de decir que es cucuteño y prefiere inventar otras historias. Cualquier cosa puede suceder. Casos se han visto.
En cambio, los de aquí sí lo recuerdan. “Le decíamos Nico –me dijo una amiga, que se precia de haber sido compañera suya en los bancos de la escuela-. Soñaba con manejar camiones, que fue su verdadera profesión”. “Quién iba a pensar que Nicolasito iba a ser presidente”, dijo otra. “Ojalá no nos olvide”, dijo una viejita. Y así muchos lo recuerdan.
Yo se los decía. Las elecciones las gana Maduro, por varias razones. Una, por ser cucuteño, y a los cucuteños nos gusta mandar. Otra, porque Chávez sigue haciendo milagros, y Maduro es su devoto principal, a quien se le aparece hasta en forma de pajarito. El santo Chávez de Barinas no lo abandona. Otra razón, porque el que tiene el garrote da con él. Y otra, porque, como lo dijo el padre Camilo “el que escruta, elige”. De todas maneras, ya se sabía que iba a ganar. Y ganó. Es decir, ganamos. Algo le aprendí a mi copartidario Lucio Pabón Núñez: “Hay que estar con el que gana”.
Sin embargo, a la alegría del triunfo, le añado una cierta tristeza por no haber podido ir a votar por el paisano. Me fui, con mi familia, desde el jueves pasado, pero me encontré con la frontera cercada con alambradas, y me acordé de las películas de la Segunda guerra mundial, cuando los alemanes cercaban con alambres de púas, las calles, caminos y carreteras. Igualito. No me explico por qué Nico le sigue los pasos a Adolfo.
Sus motivos tendrá. Quedamos, pues, a la espera de las buenas noticias, es decir, de cuándo será la visita presidencial de Maduro a Carora y al Callejón. Yo ya se los había dicho: Si los argentinos tienen papa, los cucuteños tenemos maduro. ¿Cierto, Chuco?.
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