José Julián, el niño contrabandista

La vida de José Julián (*) transcurre en la ilegalidad. Tiene 15 años, pero su cara, cuerpo y voz son las de un niño de 10.
Bajo el inclemente sol que le quema la espalda y las plantas de los pies, José Julián lleva consigo un problema que divide a Colombia y Venezuela: al igual que decenas de niños más, es la última apuesta de los contrabandistas colombianos que, acorralados por el cierre de la frontera decretado por el presidente del vecino país, Nicolás Maduro, hace más de seis meses, recurren a los menores de edad para el tráfico de mercancías por caminos ilegales, ante la mirada cómplice de los militares venezolanos.
Todos los días, desde las 5:00 de la mañana, José Julián sale de su casa, en el barrio Antonia Santos de la ciudadela Juan Atalaya (Cúcuta), para tomar dos buses que lo llevan hasta el que se ha convertido en su lugar de trabajo desde hace un par de meses: el corregimiento de La Parada, en Villa del Rosario.
Desde las 6:00 de la mañana, y después de atravesar toda Cúcuta y parte de Villa del Rosario, el muchacho se adentra en una zona en la que los extraños son vistos con recelo y donde las fotografías son casi una sentencia de muerte.
Al llegar a La Parada, camina hasta el sector de La Playa, ubicado junto a uno de los caños que se formó por la desviación del río Táchira.
Por unos minutos se pierde cuando ingresa a una casa, custodiada por varias personas que nunca dejan de mirar a quien consideran un extraño.
“Estaba comiendo algo, porque si no me da la pálida más tarde”, dice mientras se limpia las migas de pan de su boca.
Uniformado, es decir, con su bolso y nada más que un bluyín, empieza su recorrido hacia el lado venezolano, en busca del que será su primera vuelta.
“Espérenme aquí, porque si me ven con ustedes me van a parar los guardias”, les dice a los reporteros mientras se aleja hacia una de las más de 250 trochas ilegales que, a lo largo de la frontera colombo-venezolana, utilizan los contrabandistas a diario para pasar desde papel higiénico hasta cocaína y armas, de un lado a otro.
La malla de ‘caminos verdes’ en San Antonio y Ureña, en el lado venezolano, y en Villa del Rosario, Cúcuta y Puerto Santander, del lado colombiano, es custodiada, además de las autoridades legalmente constituidas en ambos países, por bandas criminales que han impuesto un cobro de extorsiones del que no se libra ninguna persona que pretenda cruzar cualquier producto.
“Aquí todo el mundo paga. El que diga que no paga extorsión es porque es el encargado de cobrarla”, dice un hombre que se niega a ser identificado y que presta seguridad en una desvencijada casa en la que se guardan decenas de bicicletas para el transporte de contrabando.
“Por dejar pasar una carga de arroz (24 kilos), los guardias venezolanos cobran 500 bolívares fuertes. Hay que darles otros 500 bolívares a los paramilitares”, comenta el mismo hombre. “Una vez se trae hasta Colombia, hay que recuperar las pérdidas con el precio, pero aún así cada kilo deja una ganancia de 500 pesos”, añade.
Pasados unos 40 minutos, José Julián aparece a lo lejos, con su cabellera rubia y su espalda encorvada, señal de que su mochila viene cargada.
Avanza con calma, quizás ahorrando energías para una jornada que se extenderá hasta las 5:00 de la tarde.
Cuando ve a los reporteros, exclama ¡tómenme una foto!, para rematar con ‘pero si la van a sacar en un periódico me tienen que pagar $50.000’. Luego ríe. ‘Es molestando, a mí me gusta que me tomen fotos’.
Al preguntarle si tuvo algún problema para pasar la frontera, dice que no, que los guardias ni siquiera lo miraron cuando les pasó por el lado.
“Estaban ocupados hablando con unas mujeres, así que pasé rápido”, dice mientras trata de enseñarnos los artículos que consiguió en territorio venezolano. Son 8 bolsas de arroz (cada una pesa un kilo), 4 mayonesas, 2 salsas de tomate y 2 harina pan.
“Estudié hasta quinto de primaria, después me tocó empezar a trabajar para ayudar con el sostenimiento de la casa”, cuenta mientras arrastra los pies entre la arena que dejó a su paso el otrora caudaloso río Táchira, frontera natural entre Colombia y Venezuela.
Sobre sus hombros carga el morral, quizás el mismo en el que hace años llevaba sus cuadernos y útiles escolares y al que, desde que lo obligaron a contrabandear, llena, como ahora, de arroz, mayonesa, salsa de tomate, jabón, o cualquier otro producto que su patrón le pida traerle desde San Antonio hasta La Parada.
“La ventaja conmigo es que los guardias venezolanos (encargados de custodiar la frontera) no me revisan el bolso porque creen que lo llevo lleno de ropa o que vengo de estudiar, pues muchos niños colombianos van a clases en las escuelas de San Antonio”, afirma con ímpetu, como quien ha descubierto una forma de burlarse de la ley, a tan corta edad.
Al llegar a la casa a la que había entrado más temprano para despojarse de sus zapatos, su camisa y comer algo de desayuno, nos hace una señal para que no avancemos más.
Es claro que no quiere que su patrón lo vea hablando con gente extraña.
Adentro de ese lugar se demora unos 10 minutos, tiempo en el que los periodistas simulan mirar el estado de unas viviendas que, en la temporada de lluvias de 2011, resultaron afectadas con la crecida del río Táchira.
Al salir, va acompañado de un hombre de unos 60 años. Es su padre. Ambos intentan cargar unos productos en una destartalada bicicleta que a duras penas puede tenerse en pie.
Al notar que el fotógrafo dispone su cámara, acelera el paso y rezonga frases ininteligibles. Está molesto.
Cuando los periodistas se van, porque cada vez más personas desconocidas empiezan a preguntarles qué hacen allí, aparece José Julián. Trae consigo la bicicleta vacía. Ya ha entregado parte de la mercancía que trajo en el primer viaje.
“Estaba llevando las cosas a otra casa, porque no todo se puede dejar en un mismo sitio. Si llegan a esculcar ahí (en un operativo policial), nos quitan una parte, pero no lo perdemos todo”, dice como si el negocio del que se nutre su patrón fuera suyo.
- Una última pregunta, José…
- ¿Qué quiere?, responde de mala gana.
- ¿Cuánto se gana trabajando en esto?
- Como $30.000 al día, pero hoy me voy a ganar $80.000 porque ustedes me van a dar $50.000 por todas las fotos que me tomaron.
Y riendo, da la vuelta y se va.
(*) Nombre cambiado.
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