Colombia sin guerra no entrará a la paz, seguirá enferma de ineficiencia aberrante del Estado, corrupción e impunidad.
Un triple sida
No es —ni más faltaba— por aguar una fiesta por la cual, desde acá, hemos apostado sin reservas. Pero quizás la gran mayoría de colombianos podríamos estar haciendo las cuentas de la lechera, y el tropezón podría causarnos no solo una caída sino una enorme terrible decepción difícilmente superable.
De alguna parte nos han convencido de que, terminada la guerra, a Colombia se le abrirán, de par en par, las puertas que la insertarán en el mundo de los ríos de miel y leche de la frenética economía global.
Pero, ¿y qué, si no? Porque, hasta ahora, nadie ha probado que la guerra sea la causa de todos los males del país. De muchos sí, desde luego, pero no de todos. Podría esta guerra subversiva cerca de terminar no ser causa ni de la mayoría de males ni de los peores.
¿Qué ocurriría si descubriéramos que, contrario a lo que nos convence, la guerra no solo no es causa de todos nuestros problemas, sino que ella misma es resultado de causas que no tenemos ningún interés en analizar, enfrentar y superar?
Colombia sin guerra no entrará a la paz, no solo porque así es la realidad en el tipo de procesos como el que adelantan del Gobierno y las Farc, sino porque seguirá enferma de ese triple sida fatal constituido por la ineficiencia aberrante del Estado, la corrupción generalizada y la impunidad ofensiva.
De los muchos factores por los que se mide la eficiencia de una organización, el de la falta de planeación seria y objetiva de las obras es uno muy importante: según investigadores económicos, 97 por ciento de todas las obras proyectadas por el Estado colombiano requieren modificaciones contractuales para compensar mayores costos, muchas veces por falta de planeación. Y sin excepción, en todas las compras se adquieren elementos que no se necesitan.
La causa de esto tiene que ver con el hecho de que solo 9 por ciento de todas las entidades públicas cumple la ley del proceso de talento humano, y por eso, menos de 5 por ciento de los funcionarios estatales tiene estudios completos de maestría. ¿Qué se puede esperar de un enorme ejército de ignorantes e ineptos, que de todas maneras seguirá en sus puestos, haya o no guerra?
Esto, desde luego, está estrechamente ligado al fenómeno de la corrupción, que del sector público se lleva 8,6 billones de pesos por año, una suma que supera de lejos las pérdidas dejadas por todas las acciones de la guerra.
La corrupción es un fenómeno muy peligroso, que favorece solo a los corruptos, tanto del sector público como del privado, que constituyen una mafia más poderosa y execrable que las de todos los narcotraficantes, contrabandistas y sicarios juntos. Los corruptos se llevan el dinero de los niños, de los enfermos, de los viejos, de los pobres, de los campesinos…
Y a esto hay que añadirle el hecho de que Colombia es el tercer país de mayor impunidad en el mundo, solo superado por México y Filipinas. Solo que allá no tienen casi la mitad de los más altos funcionarios de un gobierno con investigaciones que no avanzan y con algunos de ellos condenados pero viviendo en sus mansiones.
Con este panorama de ineficiencia, corrupción e impunidad, que han sido causa de la guerra, ¿habrá paz pronta? Sin duda, no.
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