En Venezuela se está viviendo una degeneración política consentida por el llamado Socialismo del Siglo XXI, que de socialismo entendido en su verdadero contenido parece tener muy poco.
Cambio de rumbo
Al finalizar 2019 los indicadores políticos varían de una nación a otra. Son de muy diferentes señales. Los hay con cierta estabilidad en lo que se ha considerado la democracia. Pero no faltan las tendencias a la represión, o de negación de derechos y abuso de poder, hasta llegar a la dictadura. En no pocos casos se mezcla la corrupción, con todas sus formas de degradación administrativa y el peso autoritario que invalida los controles al poder y los parámetros de la ética pública. El balance no deja de ser preocupante, pues a pesar de la inconformidad de amplios sectores de opinión, que reclaman cambios sin más tardanza, persiste una corriente de desviación nociva.
En América Latina el panorama muestra variables preocupantes. La democracia ha perdido espacios en el hemisferio. La desigualdad no ha cedido y la sociedad clasista se mantiene y amplía las brechas que restan oportunidades de mejoramiento colectivo. Las soluciones a problemas crónicos no se dan como debiera ser y el atraso es una constante. Faltan políticas que generen una mayor dinámica en el cumplimiento de programas que hagan posible la superación de hechos que son la suma de frustraciones persistentes. A ello hay que agregar el empleo inconveniente de la fuerza pública como respuesta a la legítima protesta social.
En ese cuadro de crisis resonante se encuentra Venezuela, una nación que tuvo posibilidades de construir un Estado de plenas satisfacciones a las necesidades de su población. Un Estado de derecho, sin restricción de las garantías propias de la democracia. Un Estado con igualdad y un desarrollo sostenible. Su riqueza natural, proporcionada por el petróleo y otros recursos. Todo eso le daba las condiciones para un crecimiento libre de estrecheces y de frágiles sistemas asistencialistas que no atacan la pobreza y apenas obran como paños de agua tibia sobre una afección crucial.
En Venezuela se está viviendo una degeneración política consentida por el llamado Socialismo del Siglo XXI, que de socialismo entendido en su verdadero contenido parece tener muy poco. Los hechos demuestran una gobernabilidad errática y un esquema económico equivocado. La masiva migración, el déficit en todos los servicios, el deterioro de la economía y el resquebrajamiento político, ponen en evidencia una situación desastrosa. O sea que se ha llegado a un Estado que navega en el laberinto de su desgreño. Y por lo tanto requiere corrección para sustraerlo de esa hecatombe. Lo cual impone el reconocimiento de esa realidad por parte de todos.
Pueda ser que 2020 traiga los aires renovadores, con reflexión, que tanto se necesita. Porque la salida no es con intervención extranjera. Ni con violencias internas. Tiene que construirse la normalidad en común y esa es tarea de los venezolanos, tanto del gobierno como de quienes se alinean en la oposición.
Desde el exterior –y sobre todo de países vecinos como Colombia-la cooperación debe ser positiva, sin salidas ofensivas y tomando en cuenta la importancia de la convivencia en función de ideales que en la etapa de la independencia tanto contribuyeron a la hermandad.
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