Sofía Arias lleva 40 años enseñando manualidades a niños, jóvenes y adultos.
Una víctima que repara sueños con sus manos
![Sofía Arias tiene en su casa una amplia variedad de los productos que elabora ella misma. Rodrigo Sandoval](https://www2.laopinion.com.co/sites/default/files/styles/640x370/public/2016/07/19/imagen/senora_0.jpg)
Desde peluches hasta bolsos en cabuya y bisutería, pasando por cunas y arreglos florales, los productos que a lo largo de su vida ha perfeccionado la buicarasiquense Sofía Arias le han permitido sacar adelante su familia.
Su pasión por las prendas hechas a mano, que aprendió en cursos y empíricamente, la llevaron a que el año pasado por medio de la Red de Víctimas la contrataran como instructora de población desplazada en el Sena.
“Lo que más amo de las artesanías es que me ayudan a distraerme”, señala Arias, quien dice con ironía que atiende víctimas a pesar de serlo también. “En el Sena hago lo que me gusta, y me satisface ver la gente que sale adelante con lo que les enseño
Esta circunstancia la motiva a ponerle más empeño y corazón a sus clases, pues sabe de sobra las necesidades y el dolor que se sienten con el flagelo del desplazamiento, y por ende siempre tiene una palabra de aliento para sus pupilos.
“Empecé a trabajar con la comunidad por intermedio de la política, porque me buscaban para capacitar grupos, feligreses de las iglesias de Cúcuta y Los Patios, todo sin ánimo de lucro”, dijo Arias. “En la casa, capacitaba sin que me dieran un peso, simplemente porque me nace ayudar a los demás”.
En los colegios de Los Patios, donde enseñó artes a los niños durante 12 años, siempre fue partidaria de hacer clases más prácticas y variadas sin tener que acudir siempre a la misma hoja de bloc.
“La necesidad de ayudar a la comunidad nació de ver tanta pobreza, empezando en mi hogar. Comencé enseñándoles manualidades a los compañeros de clase de mi hijo para que supieran cómo defenderse en la vida”, afirmó con lágrimas al recordar las necesidades que tuvo que pasar.
Una historia de caídas y derrotas
Fiel a sus convicciones, llevaba ayudas a los más necesitados de los barrios hasta que en 1997 grupos al margen de la ley asesinaron a su hijo mayor que entonces tenía 19 años.
“Estos grupos me amenazaron, y me dijeron que dejara de visitar a las comunidades, por quienes muchas veces busqué recursos para colaborar con cualquier mercado, así no tuviera para mí”.
De ahí en adelante le tocó desplazarse para una vereda de Sardinata, donde tampoco corrió con suerte porque la guerrilla la estaba buscando.
Al tener que devolverse para Cúcuta trabajó en un colegio donde no le daban sueldo, le colaboraban con mercados, pero para ella la mayor alegría fue ver que habían muchos estudiantes que se ayudaron económicamente gracias a lo que ella les enseñó a hacer.
De ahí trabajó con Acción Social capacitando a 18 centros de abuelos de Cúcuta, y varios grupos de madres cabeza de hogar, dijo Arias, que además ha sido abuela y abuelo a la vez de su nieta, que desde que nació ha estado bajo su custodia.
“He estado rodeada de mucha muerte”, dijo con pesar, pues en 2006 la guerrilla le mató a su segundo hijo, y no pudo volver a trabajar.
“Fue como repetir el momento en el que perdí a mi primer hijo”, dijo y duró mucho en recuperarse, pero le tocó seguir trabajando, independientemente, en pequeños encargos que le hacían, ya que era la única entrada que tenía para sostener a sus dos hijas y nieta.
Dice que ha sido desplazada dos veces y que la única oportunidad que tuvo para que le dieran una casa, en el marco de su proceso ante Justicia y Paz, se vio truncada porque el gobierno alegó que aparecía como propietaria de dos lotes en el cementerio La Esperanza, donde yacen los cuerpos de sus dos hijos asesinados.
“Siempre quise tener mi propia microempresa de artesanías y una asociación de madres cabeza de hogar, pero con todas estas tragedias no he podido ni siquiera establecerme en una casa”, añade con pesar y cuenta que la segunda vez que le tocó desplazarse no lo denunció porque le fue muy mal.
Con 60 años, piel trigueña y una mirada triste que se desvanece cada vez que empieza a trabajar con sus manos, confiesa que a pesar de las duras circunstancias con las que ha lidiado aún tiene intactos sus sueños.
La Opinión
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