Iniciativa promovida por la Fundación para el desarrollo social y ambiental.
Habitante de la calle vuelve a dormir en una cama

Cuando los trabajadores de la Fundación para el desarrollo social y ambiental encontraron a Ruth Patricia Montoya Cruz, ella era un envoltorio de harapos indescifrable.
Llevaba doce años viviendo en la calle. Primero lo hizo en San Antonio (Venezuela), donde permaneció siete años, y luego en Cúcuta, donde se repartía las noches entre el Parque Lineal y el canal que pasa debajo del puente de tirantas Eustorgio Colmenares.
Fue elegida con otros 124 adultos mayores que dormían en la calle, para que hiciera parte del programa de protección y atención del adulto mayor que puso en marcha la alcaldía del Rodeo, en el anillo vial.
Fue recogida enferma y en avanzado estado de desnutrición, producto del abandono en que se encontraba en la calle.
De su paso por Cúcuta y Venezuela recuerda tres cosas: que se vino en busca de fortuna a la edad de 18 años, las dos veces que fue violada, y el día en que después de 12 años de andar en la calle por fin pudo dormir en una cama y comer en una mesa.
“No me la creía, ese día fue hace apenas una semana, y desde entonces volví a ser feliz, porque pensé que nunca más iba a estar durmiendo bajo un techo y en una cama bonita como la que me dieron”, dijo Ruth Patricia.
También recuerda que nació en Medellín el 9 de abril de 1948, el mismo día en que fue asesinado el líder liberal Jorge Eliécer Gaitán, de ahí su pasión por el color rojo, confiesa.
Permanecer en el pavimento sin más compañía que dos perros, también callejeros, que la acompañaron hasta el día en que fue rescatada, fue duro. “Sufre uno todas las humillaciones que jamás se imaginó. Vive uno siempre en plan de combate: pensando a que horas te van a robar, a qué horas va a llover, y a qué horas vas a conseguir un bocado de comida”, dice la mujer.
En la calle también conoció las drogas y el licor, con los cuales calmaba el hambre y escondía su miseria.
En San Antonio, cuando aún se encontraba abierta la frontera, se rebuscaba cuidando ventas callejeras en la noche. “Mientras los demás dormían yo cuidaba las cosas de unos vendedores, ellos me daban cualquier cosa y yo con eso comía”.
Pero en 2012 se cansó y se vino para Cúcuta, donde ha permanecido en los últimos seis años.
Un día suyo en la capital nortesantandereana lo ocupaba en el rebusque. Tocaba puertas en el centro, pero en ocasiones la gente se portaba muy indolente conmigo, porque me daban cosas que no servían.
Guarda silencio cuando se le pregunta por su familia, de la cual no sabe nada desde hace más de veinte años. Solo mencionó que tuvo un hijo con Julio Alberto Ramírez Estrada, pero nada más.
En los cinco días que lleva en el centro de protección y atención del adulto mayor, es la que más duerme de todos los que están allí. Camina apoyada de dos muletas, porque sus rodillas están lesionadas.
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