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Por: Nahún Sánchez
Miércoles, 11 Diciembre 2019 - 1:00am

“De los pañales al romanticismo”

El único baile o ‘concierto’ que amenizamos fue en  la  casa de la amiga Any  y fueron muy pocos los bailadores que acudieron, solo recogimos treinta y cinco centavos, que  no recuerdo como los gastamos o distribuimos.

Cincuenta y cuatro años después de ir al Palomar me encontré con uno de los  amigos que pude cultivar en el elevado y tradicional barrio de nuestra ciudad. Aunque los sábados acompañaba a mi mamá a  la  capilla de  la Torcoroma,  que para mí   era un pretexto, porque  lo que me interesaba era ir después donde la  tía Otilia a montar en el triciclo del primo Emiro y transitar por la empedrada calle.

Cuando vi a Javier Muñoz Benavides y lo invité a tomar un café en una céntrica heladería, recordé la tarde del 25 de  diciembre de 1965, en la que con  mi hermana Magaly volví a dicho barrio a llevarle buñuelos y conserva a la querida familiar.

En un pequeño patio y cerca de la  casa de la tía, el primo estaba con varios de sus amigos intentando imitar a los conjunto vallenatos que estaban de moda localmente, Los Playoneros, con una tamborina, maracas y guacharaca.

A Javier y Emiro los acompañaban Orlando y Balmiro, quienes se convirtieron en mis amigos y yo entré como vocalista del  incipiente grupo musical. En el atardecer me  despedí  de los  familiares y los nuevos ‘panas’ y a partir del día siguiente me olvidé de los compañeros de infancia de mi barrio La Piñuela.

En el centro del barrio se aglomeraban muchas personas, adultos, niños y las muchachitas que empezaban a ensayar su  coquetería, a escuchar y aplaudir al novedoso conjunto reforzado con el   acordeón que prestaba el profesor Víctor Romero, padre de Balmiro y de la  jovencita que provocó las primeras palpitaciones románticas en mi  corazón.

El instrumento de origen austriaco era ejecutado por el larguilucho Javier y pareciera que  solo tenía los  bajos porque los pitos nunca se  escucharon. El repertorio era muy limitado, solo incluía “La negra Celina”(Cristóbal Pérez), “Rosa María”(Los Monligts),”La banda borracha” (Los playoneros del Cesar), “Acordeón  pitador” (Lisandro Meza) y “La Garra” (Armando Zabaleta).

Mi primo era el  cajero y corista, Orlando y Balmiro, guacharaqueros y maraqueros, y este servidor el cantante estrella, que en  ese entonces  era vistoso por el color amarillo intenso del cabello y  quien no le entendió a una muchacha sus halagos al  afirmar que  tenía una  voz muy romántica, piropo que lo confundí  con una ofensa.

El único baile o ‘concierto’ que amenizamos fue en  la  casa de la amiga Any  y fueron muy pocos los bailadores que acudieron, solo recogimos treinta y cinco centavos, que  no recuerdo como los gastamos o distribuimos.

Un año después, volvimos como `patos` al  baile  de nochebuena y casi que  desplazamos a los adultos, las  canciones que se  escuchaban en repetidas ocasiones  fueron  “La colegiala” de Julio  de la Ossa y “De flor en  flor”, de Colacho Mendoza. Mi pareja y `Julieta`, en  un  acto de inocencia, a través de una  de sus amigas ,, me  solicitó que no la  apretara mucho.

Mientras nosotros acaparábamos  la  sala de la  casa, hasta que el  dueño decidió desalojarnos, una bebita de pocos  días de nacida era  amamantada y quizás lloraba  por la bulla que  generaba la  fiesta, muchos   años después, ella se convertiría en mi esposa y madre de mis hijos María del Mar y Nahún Alejandro.

La señora de la  casa,  doña Elara, más tarde mi  querida suegra, era la  peluquera del  barrio y una gran charladora con los `pegotes` que entraban a la  adolescencia  y que compartían con ella las primeras experiencias románticas.

Muchas de las personas mayores le hacían barra a los romances que  surgían  entre nosotros y también había algunos amargados que  los recriminaban: “apenas se quitaron los  pañales y se atreven a tener novias…”.

A mediados de la  década de los  sesenta del  siglo pasado, el Palomar era muy frecuentado por los jóvenes y adolescentes de otros  barrios, por  el  ambiente fiestero y por  las  muchachas bonitas, en las que sobresalían Maritza Álvarez y Janeth  Muñoz.

Muy pocas  de las  familias siguen en  ese sector antiguo y encumbrado, la  destartalada calle principal  se observa invadida de soledad y abandono. En ella se concentran las huellas del hermoso pasado que incitan a las remembranzas y la  nostalgia.

Todos los papás y mamás  de los  amigos  se  fueron de este mundo, de ellos nadie  vive  en  el  barrio, Emiro y Orlando están asentados en Medellín, Balmiro, en Bogotá y en esta  ciudad, Javier  y  yo.

AGREGADO: Lamento y repudio la muerte violenta del joven becerrilero Kevin Rojas Rubio, quien fue mi alumno de Radio en el  primer  semestre de  este año en la UFPSO.        

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