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Domingo, 22 Abril 2018 - 2:16am

Víctimas de Trujillo se niegan al olvido

“Muchos de mis familiares están desaparecidos, muchos sobrinos. También mataron a mi hijo y a mi hermana”, recordó Ludibia Vanegas.

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Más de 200 personas fueron asesinadas en Trujillo y los municipios aledaños entre 1986 y 1994.
/ Foto: Internet
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La memoria del conflicto armado colombiano resiste al olvido en objetos como el sombrero del asesinado padre Tiberio Fernández, guardado durante casi 30 años por sus allegados como un recuerdo de la violencia que sufrió, pero también de su lucha por la vida y la paz.

Sin cabeza, sin manos y sin pies, así encontraron los habitantes de Trujillo, un municipio del departamento del Valle del Cauca, dos horas al norte de Cali, el cuerpo del padre Tiberio en la orilla del río Cauca hace 28 años, el fatídico 21 de abril de 1990.

El asesinato sacudió a la comunidad, puesto que el cura era “un líder que siempre” les “acompañó en las buenas y en las malas”, explicó Ludibia Vanegas, vicepresidenta de la Asociación de Familiares de Víctimas de Trujillo.

“Este sombrero es un recuerdo del padre Tiberio. Lo primero que me dijeron es ‘Llévese ese sombrero para que lo recuerden como el hombre que era, alegre, servidor’. Para que no lo olvidemos”, rememora.

Vanegas gestiona en Trujillo el Parque Monumento, un memorial y museo para recordar una de las peores masacres que vivió Colombia durante el conflicto y que honra al párroco del pueblo, Tiberio, cuya muerte fue su caso más conocido.

Tras organizar a la comunidad para reivindicar mejoras en la infraestructura y en la vida de los campesinos de una región sistemáticamente olvidada por el Estado, los grupos paramilitares que poblaban la zona empezaron a hacer desaparecer y asesinar a quienes formaron parte de las protestas.

En connivencia con la fuerza pública, el grupo armado asesinó a más de 200 personas entre 1986 y 1994 en Trujillo y los municipios aledaños.

“Muchos de mis familiares están desaparecidos, muchos sobrinos. También mataron a mi hijo y a mi hermana”, recordó la mujer mientras sostenía el sombrero y unas estolas que pertenecieron al párroco.

Ambas cosas las trae Vanegas en su mochila que ha trasladado desde Trujillo hasta Bogotá, donde asiste a la exposición sobre el conflicto que el Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH) tiene en la Feria Internacional del Libro de Bogotá (Filbo).

Forman parte de la muestra un crucifijo del párroco, un poema que le escribieron y un libro editado por la misma comunidad en 2003 donde volcaron sus recuerdos sobre el sacerdote.

“Aún después de muerto seguimos en la memoria viva de él, presente, para que esta situación no vuelva a pasar. Seguimos en la lucha, en la resistencia, y mostramos la vida, la paz y la reconciliación que el mismo padre Tiberio nos enseñó”, afirmó la mujer.

Ella reconoce que quiso matar al responsable de la muerte de su hijo, quien duró tres meses desaparecido antes de encontrar su cuerpo torturado.

“Me sentía muy sola, abandonada, ya no quería nada de lo mal que estaba”, recuerda entre sollozos.

Se excusa así: “No nos digamos mentiras, uno sigue adelante en la lucha y resistencia pero en sus noches de insomnio los pensamientos llegan a la memoria y uno llora”.

Sin embargo, sabe que al seguir en su empeño y dejar el rencor atrás hace lo que el padre Tiberio le hubiera recomendado.

“¿Yo qué me gano por odiar a esas personas? Si yo sigo con ese rencor me va a causar una enfermedad, o más tristeza”, reflexiona.

Además, ella y su familia tuvieron que desplazarse hasta tres veces para salvar la vida y alcanzaron a llegar a Bogotá, protegidos por una organización social, aunque regresaron a Trujillo más tarde.

“Mi casa en la vereda (aldea) está abandonada. (...) Ahora mismo estamos viviendo en Trujillo. Nos preguntan por qué volvemos al mismo sitio y ¿sabe por qué? Porque es muy triste salir uno de su casa, dejarlo todo, irse a pagar un arriendo a un sitio desconocido”, explicó.

Vanegas aseguró que tardó años en poder hablar de su experiencia y sus sentimientos, sobre todo por el miedo que le daba alzar la voz en un contexto de violencia que ha remitido pero no ha desaparecido.

Sin embargo, cuenta que ahora habla para “enseñarle a los jóvenes” y “transmitir a las nuevas generaciones” lo que ha aprendido.

“La paz que nosotros necesitamos es una paz con justicia social, estable y duradera (...) Nada ganamos con decir que hay un pacto de paz cuando en nuestros mismos hogares hay los rencores y seguimos en la misma destrucción. Eso era lo que quería y enseñaba el padre Tiberio”.

La mujer entiende mejor que nadie que la memoria del conflicto no siempre se conserva entre las paredes de un museo en Bogotá, sino que sobrevive en objetos cotidianos y en los pequeños actos de resistencia en los rincones de Colombia, como Trujillo.

Por eso carga con ella el sombrero del párroco Tiberio, que a la vez es como cargar con el recuerdo de todas las víctimas del conflicto. 

Colprensa

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