Expresidiario y sicólogo aconseja no más cárceles

Vivió el infierno en carne propia. Suspira y, con la frente en alto, advierte que es un sobreviviente. Estar en prisión es la muerte a gotas de una parte del ser. La otra, en el encierro, recoge el odio y se carga de venganza.
Fleet Maull pensó que moriría cuando fue condenado por tráfico de drogas en 1985. Tres décadas privado de la libertad, lejos de su pequeño hijo. En un penal de máxima seguridad en Estados Unidos, y a los 35 años, sería insostenible.
La promesa de una rebaja de pena a 14 años por buen comportamiento, trabajo y estudio fue aliciente. Ya tenía estudio profesional de sicología y dedicó el tiempo en prisión a la docencia. Otro tanto a labores humanitarias con convictos enfermos. Encontró su vocación. Volvió a nacer.
Es un convencido de que la verdadera libertad está en la mente. Y se liberó. Con la meditación y una técnica de atención plena e inteligencia emocional, Maull resistió y se transformó. Dejó su adicción a las drogas y al alcohol. Decidió dedicar su vida a ayudar a presos del mundo.
A su paso por Colombia, donde visitó Bogotá, Manizales y Medellín, este sicólogo norteamericano conocido como embajador de paz en prisiones plasmó un mensaje de humanización en los centros de reclusión e hizo recomendaciones para superar la crisis por el hacinamiento.
Fue invitado por la fundación Interna.mente que con el Instituto Prison Mindfulness realizan el evento Innovación Social en cárceles del país para lanzar Caminantes de Libertad, programa que, dicen sus promotores, ha logrado cambios en reclusos y trabajadores de 86 penales del mundo.
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¿Cómo fue su reencuentro con el mundo exterior?
“Cuando salí me dieron un puesto como profesor en una universidad de Colorado, donde había conseguido mi grado. Estuve 10 años y pude dar conferencias en sociología, viajar por el mundo. Estoy muy ligado a dos comunidades budistas”.
Sigue habiendo discriminación hacia quienes salen de la cárcel. ¿Cómo hacer que haya más oportunidades para la resocialización?
“Como la justicia es tan punitiva, el empresario no acepta a un expresidiario, porque este no sale preparado mentalmente, con trabajo emocional. Sale con rencor.
Lo que buscamos es una transformación del preso, ese es el primer paso. Entiendo por lo que pasan y quiero decirles que en toda circunstancia su destino está determinado por cómo afronten el futuro. Esta es la puerta de la libertad. Pueden quedarse con la mentalidad de víctimas, pero de qué les va a servir”.
Mucha gente en Colombia ve las prisiones de máxima seguridad norteamericanas como el modelo a seguir. ¿Qué piensa?
“Estuvimos en la Picota (Bogotá), en Manizales, en Envigado. En Estados Unidos son más modernas, pero el ambiente es más frío, duro, con mucha separación. Entre prisioneros y guardias se odian.
Acá, en Colombia, el ambiente es más humano. Guardias y prisioneros están más cercanos, hasta el director. Habrá algún conato de problema, pero no es lo frecuente.
No me gusta la idea de prisiones. Estos lugares debemos reservarlos para los violentos crónicos. Los demás deben estar en programas de resocialización en la comunidad, viendo a sus hijos, pagando impuestos, sirviendo a la comunidad, bajo supervisión”.
¿No cree que en Colombia se necesiten más prisiones, dada la alta criminalidad y el hacinamiento?
“Busquemos otras alternativas a las cárceles. Lo que sucede con las prisiones es que hacen parte de una economía de casi 20 millones de dólares. Se volvió una industria. Construye, vende y como cualquier industria quiere crecer. Esa es gente a la que le interesa que siga habiendo más presos.
¿Qué hacer, entonces, con los tantos secuestradores, asesinos, violadores que son capturados?
“No se puede ignorar a estas personas y la magnitud de los delitos que cometen, pero nos tenemos que enfocar en el largo plazo y las raíces de esos males. El sistema de justicia de castigo no es el ideal. Hay otros como la justicia restaurativa y la transformativa, que es la más profunda. Esta concibe al criminal dentro de un tejido que necesita sanarse apoyando a las víctimas para que se curen y también a los victimarios.
¿No cree urgente que el Gobierno invierta en más cárceles?
“En EE.UU. cuesta más mandar una persona a prisión que llevar un joven a Harvard. Mantener cárceles cuesta mucho dinero y no sirve, porque no les ofrecen educación, resocialización, salen peor. Son prisiones con hacinamientos, la gente como sardinas. Adquieren rencor. La población carcelaria le cuesta a los gobiernos mucho dinero. Debemos cerrar la mayoría de cárceles y que solo queden los violentos en las pocas que sigan existiendo.
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