Son aproximadamente 100 núcleos, pertenecientes al asentamiento La Isla, del barrio El Rodeo.
Familias viven rodeadas de aguas negras

Viven en una isla y su paisaje no es paradisíaco, están rodeados de agua, pero estas no son cristalinas sino negras y fétidas.
Así es el diario vivir de unas 100 familias del asentamiento La Isla, ubicada a un costado del barrio El Rodeo.
Un oloroso arroyo, proveniente de los asentamientos vecinos, da la bienvenida a La Isla. Un rústico puente de cemento permite el acceso vehicular.
Por un costado están rodeados por las aguas negras de sus vecinos, y por el otro los encierra un tramo de la quebrada Tonchalá, también contaminada por las aguas servidas.
“Vivimos en una isla muy particular”, dice jocosamente Jaime Ballesteros, presidente de junta.
El puente de cemento es la única entrada y salida vehicular. Cuando llueve, los vecinos están atentos a retirar llantas, restos de podas y basuras que se quedan estancadas en caño y que impiden el paso del agua, con el fin de evitar que esta sobre pase el nivel del puente y los deje incomunicados.
“Nosotros construimos este puente, pero no creemos que resista mucho, acudiremos a la ayuda municipal para buscar soluciones”, explica Ballesteros, quien recién posesionó su junta el fin de semana.
Unas bolsas de cemento y unas carretas de triturado y arena representan el primer empujón para la construcción de un nuevo puente.
Al otro extremo del barrio la comunidad habilitó un paso peatonal en madera para que los estudiantes llegaran con facilidad al Colegio El Rodeo. Cómo no tienen alumbrado público habilitaron este paso para que los niños caminen menos a oscuras.
“Apenas empieza a amanecer o a anochecer, la oscuridad nos consume”, dice Ballesteros. “No tenemos ni una lámpara de alumbrado público”.
Los residentes deben transitar con linterna en mano, para tropezarse en la oscuridad.
A las penas comunales se le suma la falta de asfalto en sus calles, lo que dificulta la entrada y salida de La Isla. Propios y visitantes corren el riesgo de resbalarse en el arcilloso terreno.
Una cancha de fútbol en tierra construida con recursos comunales es el único espacio recreativo. Esta también colinda con la quebrada de aguas negras.
“Muchos de los vecinos crecimos bañándose en la quebrada de Tonchalá y de ella solo quedan los recuerdos”, dice la vecina Hilda Rozo.
En La Isla, los vecinos sueñan con gestionar un proyecto ambiental de recuperación de la quebrada Tonchalá para convertirla en su atractivo turístico.
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