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Martes, 5 Mayo 2015 - 9:42am

El Escobal: el barrio más oriental de Colombia

Por lo menos fueron cuatro balazos. Una frenada en seco y acto seguido, la calle 6 de El Escobal se llenó de gente.

Por lo menos fueron cuatro balazos. Una frenada en seco y acto seguido, la calle 6 de El Escobal se llenó de gente.

Dos policías se bajaron de la patrulla y se abalanzaron contra el objetivo: un contrabandista que perseguían desde Villa del Rosario.

El detenido no opuso resistencia mientras de reojo miraba la llanta pinchada de su camioneta bronco vino tinto.

Los cambistas salieron a ver el espectáculo, al igual que los tenderos de la zona, mototaxistas y contrabandistas camuflados; todos les reclamaban a los uniformados por los disparos.

De un momento a otro, unos jóvenes se abalanzaron sobre la carga que yacía en la camioneta. Se echaron al hombre siete bultos de azúcar y en cuestión de segundos los camuflaron en las casas vecinas. Querían proteger la mercancía del contrabandista.

Cinco minutos después, y en complicidad del tumulto, el hombre, de contextura gruesa y piel morena, fue dejado libre junto con su camioneta.

Su única preocupación era encontrar la mercancía: ganaría 2 mil pesos por cada bulto que entregara.

Los 14 mil pesos de ganancia  le costaron el susto de su vida y una llanta pinchada.

Mientras la Policía lo detuvo, el hombre no dejaba de mirar el rumbo que tomaban sus bultos en hombros de desconocidos. Tras estar libre fue a buscarlos uno por uno. Tras completarlos sacó el gato hidráulico y la llanta de repuesto del platón de la camioneta para despincharse.

Esta es solo una de las tantas escenas que se ven a diario en El Escobal, barrio limítrofe con Ureña (Venezuela).

En este sector, el contrabando y el cambio de bolívares hacen parte del día a día.

Incluso en las tiendas del barrio reciben la moneda venezolana. La mayoría de sus 2 mil residentes manejan bolívares, y para ellos es más fácil comprar en esta moneda que ir a cambiar a pesos.

Barrio adentro, lejos de los puestos de cambiadores de moneda que se extienden hasta la entrada del puente Francisco de Paula Santander y de los puestos de productos para la canasta familiar,  se encuentra el sector conocido como La Isla.

La otra cara del barrio

En La Isla viven unas 8 familias que cada día esperan con ansias sus reubicación.

Viven peleando con el río Táchira para quedarse en estos predios, pues cada vez que el caudal crece y les tumba los ranchos, ellos vuelven a parar sus casas.

Abigail Ortiz no pierde la esperanza de la reubicación. Mientras envasa en bolsas de hielo unos cinco litros de leche que revenderá sobre el puente fronterizo, cuenta que tres de sus vecinos recibieron apartamentos en Cormoranes.

Va acompañado de su exvecina Esperanza, quien aunque ya recibió casa, sigue frecuentando El Escobal para trabajar.

Su jornada laboral se divide entre este barrio y Ureña, donde trabaja en un restaurante.

Ortiz se despide con prisa, mientras muestra la distancia que hay de su casa al río, la cual no supera los 2 metros.

 Mientras que para Ortiz y sus vecinos vivir al pie del río implica no pegar el ojo cuando llueve y tener las patas de cama sobre ladrillos para intentar salvar los colchones tras una leve  lluvia, para los niños del sector el río es sinónimo de pesca y diversión.

“Cuando no hay presa para el almuerzo nos metemos al río  Táchira para sacar pescados colombovenezolanos”, dice William, 13 años.

Aunque en las clases de sociales les enseñan sobre geografía colombiana ellos crecieron sabiendo que la mitad del puente pertenece a Venezuela y la otra a Colombia.

Ir a Ureña a traer lo del mercado del día es el equivalente a ir a la tienda de la vuelta de la esquina, vienen y van por lo menos una vez al día sin mayor reparo, incluso consumen más productos del otro lado de la frontera que los de su barrio.

Por lo menos dos veces a la semana se zambullen al agua en  busca de panches, rampuches,  mojarras,  entre otros peces.

Con atarrayas, anzuelos, palos, piedras, o simplemente a mano limpia, los niños pescan su almuerzo.

“El otro día me tocó quitarle una mojarra a una garza. El pescado estaba muy grandote para que ella se lo comiera y yo solo con arroz en la casa”, cuenta en medio de risas William.

Por su parte, Dirimon, 11 años, y quien porta una camiseta del deportivo Táchira, asegura que lo más malo de pescar en el río en cuando un pescado, que ellos llaman ‘Chichete’ los pica.

“El Chichete tiene tres puyas en el cuerpo y a veces cuando estamos pescando nos pica. Apenas sentimos el puntazo salimos corriendo buscando quien nos orine”, dice un poco apenado.

En sus creencias está que si este pez los pica deben orinar la parte afectada, según ellos para que se les pase el dolor y no les de infección.

“A este ya lo hemos miado varias veces porque el ‘Chichete’ le vive picando”, dice Rafael, y suelta una carcajada.

Dirimon, apenado, baja la cabeza y admite que solo fueron tres amigos los que lo orinaron.

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